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Qué tenemos enfrente

La clase dominante argentina está dando muestras de que es capaz de tropezar una vez más con la misma piedra. Para lograr una victoria histórica sobre sus oponentes es capaz de destruir lo que encuentra a su paso con tal de debilitar a esos antagonistas hasta obligarlos a la rendición. Es una práctica que ha …


La clase dominante argentina está dando muestras de que es capaz de tropezar una vez más con la misma piedra. Para lograr una victoria histórica sobre sus oponentes es capaz de destruir lo que encuentra a su paso con tal de debilitar a esos antagonistas hasta obligarlos a la rendición.

Es una práctica que ha ejecutado desde los inicios de la república, cuando debió disputar a los codazos con otros sectores sociales el control de la nación. El bloque dominante porteño y unitario fue capaz de aliarse a intereses del exterior con tal de lograr sus objetivos.

Hacer del país un mercado único nacional con cabeza en el puerto y tentáculos por todo el país fue la consigna estratégica de ese bloque, que la concretó tras largos años de guerra civil. Ya nadie recuerda cómo se cerró ese período de la historia argentina. Fue en la batalla de Don Gonzalo, en la que los modernos cañones, ametralladoras, fusiles y revólveres de las fuerzas oficiales, representantes del gobierno unitario de Sarmiento, deshilacharon a las huestes federales armadas con lanzas de López Jordán en diciembre de 1873, 150 años atrás.

La clase dominante argentina actual es más sofisticada y compleja que esa de hace un siglo y medio atrás. Su esfera de intereses excedió largamente el comercio y la actividad agropecuaria y está presente en las finanzas, los servicios públicos, la industria, la distribución y el consumo. Y todo ello atado con más fuerza que nunca al capital financiero internacional.

Pero sus métodos de dominación siguen igual de crueles. La dictadura de 1976 fue militar por la participación central de los uniformados, pero también fue cívica porque estuvo estimulada e integrada por amplios sectores de la patronal argentina. A 50 años del golpe, la movilización popular de repudio al genocidio perpetrado tiene aún tal intensidad que es un muro de contención a sus tendencias autoritarias.

Pero no va que desde las oscuras oficinas de Aeropuertos Argentina 2000 salió el nuevo intento de dar marcha atrás la historia, como 100 años, hacia un pasado de barbarie, en el que un círculo minúsculo del país usufructuaba enormes riquezas a costa del muy mal pasar de la enorme mayoría de la población.

Javier Milei encarna esa pretensión. Es respaldado por todas las fracciones del capital a sabiendas de que su programa económico se va a llevar puestas a varias de ellas. Que la clase dominante haya elegido a Milei como el representante de sus intereses más profundos dice que su mirada del ejercicio del poder en la Argentina sigue pasando por una cuota importante de autoritarismo -y crueldad- para imponer ese programa.

En la actualidad, el oponente de la clase dominante es la clase trabajadora argentina. Viene resistiendo la política de destrucción del entramado productivo nacional, cuyo sentido es el de lograr imponer nuevas condiciones de poder en la relación entre patrones y trabajadores. Se repite la política de tierra arrasada. Es como si esa clase dominante dijera: «Llegó la hora de ajustar cuentas con este pueblo insumiso».

Los cierres de empresas y los despidos masivos destruyen tanto el tejido productivo como social del país. Pero la política de tierra arrasada encuentra una oposición. Como dijo Francisco de Quevedo, «cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto».  «

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